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martes, 18 de octubre de 2016

El cerebro y la saliencia




































AUTOR:



DR. LUIS M. LABATH



El cerebro cuando está despierto recibe continuamente estímulos de los sentidos que le informan sobre lo que van captando. La saliencia es la capacidad de relacionar las funciones cerebrales de integración que permite hacer una selección entre los diferentes estímulos que se reciben para centrar la atención en la información que más interesa y dejar los demás estímulos amortiguados o anulados.
Hablar de "saliencia" es reconocer la presencia de un estímulo que se destaca entre todos los demás con un grado diferente y que llama la atención hasta dirigir la mirada exclusivamente hacia él con el poder de amortiguar, neutralizar o anular todas las demás variables para atender solo esa.
La primera impresión es lo que cuenta; lo dicen las buenas normas de comportamiento y los expertos. La persona que tenemos en frente dispone exactamente de entre diez y treinta segundos para clarificarnos y ponernos un rótulo: bueno, malo, lindo, feo, aceptable, repulsivo. Y no tenemos más de diez segundos para hacer lo mismo: considerar o descartar en función de las primeras sensaciones, basados en el instinto de defensa o de supervivencia necesario para las evaluaciones instantáneas, y decidir la conducta de afrontamiento. Esto es lo que genera un estímulo de mayor intensidad, relacionado con la función dopaminérgica cerebral, que elimina o amortigua los otros estímulos para centrarse en el principal, trasmitirlo al córtex y producir desde allí un estímulo específico.
Toda saliencia que se hace evidente produce un pico de dopamina en el "circuito cerebral de la recompensa". Esta información se transmite a la corteza cerebral para contribuir a crear otro proceso importante: la motivación que es el estado interno que activa, dirige y mantiene la conducta de un propósito o de un fin determinado y, a la vez, genera conductas motivadas, como el miedo, el hambre, etc.
Conjunto al proceso de motivación, en los seres humanos existe un sistema de recompensa del cerebro revelado por mecanismos bien determinados que permiten sentir la estimulación recibida y percibirla como gratificante. Se condiciona así el comportamiento posterior ya que se generan preferencias ante estímulos sobresalientes que se asocian a un refuerzo positivo como sucede, por ejemplo, con los estímulos asociados con la recompensa que generan las drogas o ciertos alimentos.
Por lo tanto, las recompensas pueden ser naturales o no naturales. Dentro de las primeras están el agua, el alimento en general, los dulces, las comidas grasas, el sexo, etc. Dentro de las segundas; el dinero, el juego, el trabajo, las drogas, el tabaco, etc.
Pero el proceso de percepción no ocurre en el vacío social, sino que se desarrolla en un contexto dinámico de interacción. Es posible afirmar que percepción social e interacción son inseparables y las primeras impresiones nunca son inocentes, neutras o asépticas; no están carentes de carga emocional, prejuicios, miedos, creencias, enseñanzas, necesidades. Por lo que al regirse por la saliencia, que no es otra cosa que el resorte que salta al entendimiento y, lógicamente, obvia al resto, la percepción predice recompensas, activa la motivación y, según la intensidad o la predicción de placer, busca la satisfacción inmediata. Es decir, quita importancia a la posibilidad de castigo o de daño, no valora ni calcula las consecuencias futuras porque la recompensa es inmediata, placentera, experimentada antes, tangible y va en contra de lo diferido o demorado.
En ese sentido es la corteza orbitofrontal la que otorga saliencia a las recompensas naturales, luego motivación y, por último, placer evocado. Es decir, cuando se disfrutó de algo y se sintió placer, primero se evoca como una promesa y, recién despues, como placer.
En todo este proceso, la dopamina es la estrella del firmamento como predictor de recompensa. Lo hace a través de un cierto tono basal constante o con picos. Cuando se produce el pico es porque anticipa "que viene lo mejor", ya que está ante un placer evocado guardado en la memoria, y lleva a buscar algo mejor que ya se ha experimentado alguna vez. Por eso, la dopamina es el neurotransmisor relacionado con las gratificaciones; es el químico de la recompensa. La dopamina tiene relación con el placer, si bien no lo causa directamente. Es la responsable tanto del entusiasmo como de la expectativa previos a la satisfacción.
En todos existe este circuito de la recompensa, tentación, compulsión, gratificación inmediata y placer por consumir, pero después, cuando se diluye la dopamina y el pico desciende, por lo general se produce una sensación molesta de displacer o insatisfacción. Y precisamente es la corteza prefrontal la que determina, a través de las funciones cerebrales ejecutivas o superiores, cuando inhibir, demorar o sopesar los riesgos o los beneficios que se logran.
Por tanto, es bueno resaltar que la activación de las neuronas dopaminérgicas también estaría implicada en el manejo de los mecanismos de la atención y en la selección de conductas ante estímulos biológicamente importantes ("salientes") e inesperados para el organismo. El estímulo de las neuronas dopaminérgicas podría representar un componente esencial en la atención y ser un requisito indispensable para el aprendizaje asociativo.
De este modo, las neuronas dopaminérgicas podrían desempeñar un papel crítico en la regulación de los mecanismos atencionales que posibiliten la relación del organismo con el medio ambiente externo y la preparación del sujeto para responder ante eventos inesperados, a través de la inducción de la alternancia de los recursos atencionales y conductuales ante estímulos biológicamente significativos.
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