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miércoles, 4 de septiembre de 2013

La percepción de las conductas desafiantes: dos enfoques


LA PERCEPCIÓN DE LAS CONDUCTAS DESAFIANTES : DOS ENFOQUES

El enfoque tradicional o reactivo percibe la conducta desde el momento en que ésta ya se ha producido, por lo que genera actuaciones para frenarla y/o corregirla.

El enfoque actual defiende la necesidad de dejar de considerar al sujeto como un ser aislado y de interpretar sus conductas como negativas o positivas sin más. Y afirma con rotundidad que las conductas de los niños y niñas, como las del resto de las personas, no pueden entenderse con independencia del contexto en el que se encuentran y, por lo tanto, debemos realizar un cuidadoso análisis para determinar las actuaciones y aprendizajes necesarios para mejorar la vida de las personas y su relación con el entorno.

Este enfoque retoma el supuesto básico de la Psicología Ecológica que concibe el desarrollo como resultado de un compromiso permanente entre el individuo y el entorno y, como consecuencia, interpreta sus conductas como producto de la interacción que éste establece con su contexto. Cuando este contexto responde a las necesidades de los niños y niñas, sus comportamientos no resultan problemáticos, pero cuando deja de hacerlo, aparecen las conductas desafiantes.

Por ello, este enfoque percibe la conducta desafiante como una alteración de la interacción que se establece entre el sujeto y su contexto, que nos muestra que algunas de sus necesidades están quedando sin cubrir.

ENFOQUES PARA AFRONTAR LAS CONDUCTAS DESAFIANTES

Estas dos formas distintas de percibir la conducta desafiante conducen a plantear dos formas diferentes de intervenir. La primera de ellas, la perspectiva tradicional tiene un carácter exclusivamente reactivo. Propone intervenir inmediatamente después de que aparezcan las conductas desafiantes, con una actitud poco comprensiva de la situación que deriva generalmente en el castigo. Por el contrario, la perspectiva actual apuesta por una intervención de carácter eminentemente preventivo y proactivo, aunque en el caso de ser necesario puede plantear actuaciones reactivas, pero entendiendo  la conducta siempre como una base de interrelación positiva. Si orientamos nuestras actuaciones en prevenir la aparición de estas conductas, en optimizar el ambiente de enseñanza-aprendizaje y en mejorar la competencia socioemocional, deberíamos tener en cuenta tres ámbitos de actuación distintos, pero estrechamente relacionados:

􀂑 La creación de un entorno en el que todos los niños y niñas quieran estar. Un contexto caracterizado por el establecimiento de relaciones sociales satisfactorias y por la participación de todos y de cada uno de los alumnos y alumnas de la clase en las actividades  que se realizan en la escuela.

􀂑 La presencia de actitudes y actuaciones de la maestra dirigidas al fortalecimiento de la autoestima de niños y niñas y a la adquisición de una mayor confianza en sí mismos. En este ámbito es fundamental la observación constante del alumnado para detectar las posibles señales de insatisfacción y/o las que preceden a la aparición de conflictos con el fin de ofrecerles el apoyo necesario para una resolución adecuada.

􀂑 Una guía activa que facilite el desarrollo de la autorregulación, de la comunicación, y el aprendizaje de habilidades sociales. Se trata de diseñar y desarrollar las actividades escolares aplicando estrategias adecuadas para que los alumnos y alumnas aprendan a regular sus conductas, a comprometerse con la buena marcha del grupo y a adquirir las habilidades sociales y comunicativas necesarias para el establecimiento de las relaciones de amistad, entre las que Fox, Dunlap, Hemmeter, Joseph y Strain (2003) destacan la capacidad para organizar los juegos, compartir los juguetes y materiales, turnarse, desarrollar la empatía, recibir y mostrar manifestaciones de afecto, ayudar, felicitar a los otros, disculparse, controlarse y resolver adecuadamente los conflictos interpersonales.

Este tipo de intervención, denominado con frecuencia “Apoyo Conductual Positivo” (Positive Behavior Support) (Carr, Dunlap, Horner y otros, 2002), aplica un modelo de intervención basado en valores y centrado en la persona.

Como señala Tamarit (2005) este modelo pretende ayudar a las personas para que aprendan a:

􀂑 Disfrutar de sus vidas.

􀂑 Vivir con la máxima independencia.

􀂑 Vivir una vida plena, trabajar y jugar totalmente integradas en su comunidad.

􀂑 Resolver los problemas de conducta que dificulten el logro de los tres objetivos anteriores.

Se trata de un modelo de intervención, como defiende Tamarit (2005) , basado en la ética que rechaza todo tipo de actuación que vulnere los derechos del individuo o que aminore en lo más mínimo su dignidad. Las intervenciones han de ser socialmente valoradas, profesionalmente competentes y centradas en la persona.


Fuente:La prevención de conductas desafiantes en la escuela Infantil. Un enfoque proactivo.

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