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jueves, 27 de junio de 2013

Agresividad en niños con ADHD



Agresividad en
niños con ADHD

En el niño que padece ADHD sin comorbilidad agregada, la agresividad irrumpe casi siempre ante alguna de las siguientes circunstancias:

a)-es "reactiva" con respecto a situaciones que le son adversas: rechazo de sus compañeros, agresión de otro niño, burlas hirientes, su propia impulsividad e hiperquinesia que irrita a los demás niños generando actitudes hostiles, etc;

b)-es "consecuencia" de una frustración que se le hace insoportable (una más de las tantas que ha sufrido), revirtiendo un impulso autopunitivo en acción contra un tercero.

De aquí se infiere que la agresividad del niño con ADHD no es inherente a la expresión sintomática propia del síndrome, sino un epifenómeno emergente de su condición de niño en desventaja, y por ende de escaso relieve para la conformación del diagnóstico. Luego, podemos afirmar que se trata -por así decirlo- de una agresividad secundaria, es decir no producida por el sustrato neurobiológico del trastorno, como lo son los síntomas principales: atención deficitaria, hiperquinesia e impulsividad y también otros síntomas de segundo orden.

En oposición a lo expresado, en otros trastornos de la niñez y de modo singular en el Trastorno Disocial, la agresividad adquiere una dimensión egregia que muchas veces es casi definitoria para concluír un diagnóstico. En estos casos el comportamiento agresivo representa un patrón característico de índole recurrente que, de algún modo, impregna la totalidad del cuadro clínico. Los niños con Trastorno Disocial presentan una agresividad de emergencia espontánea, sin estímulo o causa externa que induzca o provoque su aparición. Es así como estos niños son capaces de proferir amenazas o ejecutar acciones intimidatorias que atemorizan a sus compañeros y de consumar agresiones verbales y/o físicas, sin la existencia de circunstancias causales o desencadenantes que pudieran explicar tales acciones. Estas características enmarcan una modalidad agresiva de tendencia más o menos destructiva, revelando diversos grados de discapacidad social. Estamos, así, en condiciones de afirmar que la agresividad que manifiestan estos niños es -siguiendo el lineamiento planteado- una agresividad primaria, queriendo significar con esto que se trata de un elemento sintomático "intrínseco" al cuadro clínico de los mismos y por tanto de notable importancia para la definición diagnóstica.
Refiriendo lo expuesto a los conceptos de agresividad que previamente adoptamos, vemos que la "agresividad primaria" del niño con Trastorno Disocial se acomoda sin mayores esfuerzos semánticos a la definición del Diccionario de la Lengua Española en cuanto acción tendiente a provocar un daño, mientras que la "agresividad secundaria" del niño con ADHD se subordina mejor al concepto de la Enciclopedia Iberoamericana de Psiquiatría en cuanto condición ínsita de la materia viva , que en estos niños constituye muchas veces un andamiaje defensivo frente a las adversidades que hemos citado o bajo la presión de una subjetividad dolida.
Captar y comprender esta diferencia -que no nos parece tan sutil ni difusa- es de gran importancia en la práctica asistencial, por cuanto una buena caracterización del modo en que un niño se expresa agresivamente o expone su agresividad, es un dato clínico que contribuye de manera significativa en la tarea de alcanzar un diagnóstico y muchas veces en la realización de diagnósticos diferenciales.
 

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