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domingo, 20 de septiembre de 2015

Marc Monfort: “La función del logopeda es desbloquear procesos y orientar a las familias para que sean eficaces en su comunicación diaria”

 
 
 
Marc Monfort es logopeda por el Instituto Superior de Logopedia de Ghlin en Bégica y Profesor de Enseñanza Primaria y de Pedagogía Terapéutica por la Universidad Complutense de Madrid. Es director del centro Entender y Hablar en Madrid y autor, junto con Adoración Juárez, de numerosas publicaciones y materiales sobre trastornos del lenguaje.

¿Qué recogen los TEL (trastorno específico del lenguaje) exactamente?
Un TEL es una dificultad duradera en la adquisición del lenguaje que aparece desde el principio que no puede justificarse en términos de lesión adquirida, sordera, trastorno del desarrollo intelectual, trastorno neuro-motor, TEA (trastorno del espectro del autismo) o deprivación social masiva. Hay que subrayar que un diagnóstico de TEL es compatible con cualquiera de las anteriores patologías si éstas no pueden justificar por sí mismas la importancia o las características del trastorno de lenguaje: entonces se habla de plurideficiencia o de comorbilidad.
 

¿Cuál es su relación con el TEA? ¿En qué se diferencian? ¿Se solapan?
Como en cualquier intento de clasificación, en ésta como en cualquier ciencia, las fronteras no siempre son nítidas porque no provienen de la realidad sino de nuestra propia mente; concretamente, los síntomas lingüísticos de ciertas formas de TEL mixto se solapan con los síntomas lingüísticos de niños con TEA que disponen de bastante lenguaje; el criterio diferenciador no se sitúa entonces en el lenguaje sino en la importancia de las alteraciones en habilidades sociales y en comportamiento.
 
¿Es posible diferenciar un TEA de un TEL en edades tempranas?
Sí en los casos extremos, no en los casos fronterizos.
 
¿Son diferentes las terapias?
No esencialmente ya que las terapias son fundamentalmente sintomatológicas: de hecho la respuesta a las terapias en lenguaje constituye uno de los elementos del diagnóstico diferencial, siendo siempre mejor en TEL que en TEA, sobre todo en lo que se refiere a generalización y flexibilidad de uso.
 
Es usted director del centro Entender y Hablar en Madrid y vicepresidente de la asociación del mismo nombre, donde trabajan también con personas sordas. ¿Hay alguna semejanza entre los problemas comunicativos de las personas sordas y de las personas con TEA?
El centro E y H siempre se ha dedicado a distintas patologías del lenguaje; la asociación E y H agrupa únicamente las familias de niños y niñas con discapacidad auditiva. Los problemas de lenguaje y de comunicación entre niños con sordera y niños con TEA son bastante opuestos: los primeros tienen esencialmente problemas con el dominio de su idioma pero no con la comunicación en sí misma; por ello sus problemas pragmáticos son secundarios, mientras que en niño con TEA son primarios, derivan directamente de la naturaleza de su patología.
 
¿Cuándo y por qué debemos empezar a preocuparnos por si nuestro hijo tuviese un TEL?
Lo más pronto posible porque la eficacia de las terapias está directamente ligada a la precocidad de las mismas. De forma muy general, un niño con dificultad de comprensión debería consultar desde los 18/24 meses porque un déficit receptivo es casi siempre un indicador de algún trastorno, sea del lenguaje o de otro aspecto del desarrollo; un niño sin expresión oral o con una expresión limitada a unas pocas palabras sueltas a los 24 meses, un niño que entiende bien y habla pero no es inteligible, a los 36 meses. En estos dos casos, es posible que se trate de un simple retraso inicial que se va a compensar durante el tercer año de vida, pero también es posible que sean los primeros síntomas de un trastorno más severo y sólo alguien con experiencia en este tipo de problemas puede analizar los datos observables a esa edad.
La prevención es la palabra clave y una intervención no consiste necesariamente en sesiones de logopedia, hay también programas centrados en la interacción familiar que constituyen a menudo la primera propuesta de intervención.
 
¿Cómo se puede saber si un problema de lenguaje es solamente eso o esconde un problema más profundo?
Con una evaluación detenida del resto de sus habilidades, es decir, de su capacidad intelectual, sensorial, motriz así como de su comportamiento relacional. Los síntomas lingüísticos por sí solos no nos dicen nada, deben ser analizados en el contexto del conjunto del desarrollo.
 
¿Cómo afectan las dificultades de lenguaje a la autoestima y el autoconcepto de una persona?
La forma de expresarse forma parte de la imagen que damos de nosotros mismos a los demás y, desgraciadamente, la sociedad asocia “hablar mal” con “pensar mal”. Basta para darse cuenta de ello con observar el trato que reciben en películas, obras de teatro o series de televisión los “gangosos”, “tartamudos” y los mal llamados “sordo-mudos”, cosa que no ocurre (afortunadamente) con aquellos que sufren trastornos motores o ceguera por ejemplo.
 
Vemos que la prosodia está afectada en los TEA, ¿qué dificultades presentan estas personas en esta área?
Prácticamente todas las personas con TEA presentan alteraciones de la prosodia, en distintos grados de severidad. No conocemos bien los mecanismos de dicha alteración y probablemente intervienen varios factores, algunos de ellos perceptivos y otros relacionados con aspectos muy frecuentes de su personalidad como la falta de flexibilidad.
 
A veces cuando un niño empieza a hablar, queremos forzarlo a que hable porque pensamos que no habla más porque no le apetece, o que no pronuncia mejor por vagancia. Por ejemplo, si nos pide algo, no se lo damos hasta que lo pronuncia correctamente. ¿Esto ayuda realmente al niño, tanto si tiene TEA como si no?
No existen “niños vagos para hablar” porque esto supondría que los niños que hablan bien lo hacen porque son “trabajadores” y que no es el caso. La adquisición temprana del lenguaje y del habla depende esencialmente, además de condiciones fisiológicas y anatómicas, de una capacidad innata que, como todas las capacidades innatas, está distribuida en la población de forma desigual.
El aprendizaje del lenguaje en niños de desarrollo típico es una fuente constante de gratificación emocional tanto para los niños como para sus familias y esto explica en gran parte la enorme actividad lingüística de los niños a partir de los 2 años. Por el contrario, el niño que tiene menos capacidad se encuentra además con una estimulación insuficiente, a menudo inadecuada e, incluso, si el retraso se mantiene, con reacciones de ansiedad, enfado, decepción. Es el clásico efecto “San Mateo”: los niños con más capacidad reciben más y mejor estimulación, los niños con menos capacidad la reciben menos y en peores condiciones. La sociedad no tiende naturalmente a compensar las diferencias individuales sino a reforzarlas, aunque sea inconscientemente, y pasa lo mismo con la escuela. De ahí la importancia de los programas centrados en la interacción familiar.
 
Pasando a la intervención profesional, ¿cómo cree que se podría mejorar la intervención en el lenguaje? ¿Qué lagunas detecta en la intervención que se hace?
Con una detección más precoz (aquí hay que destacar la responsabilidad que tienen pediatras y profesores de infantil), con una mejor preparación de los especialistas en lenguaje, actualmente inferior a lo que sería necesario, con una mejor información a las familias de niños entre 0 y 5 años y con un acceso más democrático a los servicios de apoyo.
 
Teniendo en cuenta que las horas que puede pasar el niño con el profesional son pocas, ¿cómo pueden continuar o apoyar la intervención las familias en casa?
Ningún logopeda puede asumir la responsabilidad de transmitir el lenguaje y el idioma a un niño porque carece de tiempo para ello; su función es desbloquear procesos y orientar a las familias para que sean, además de buenas familias que evidentemente lo son en su mayoría, familias eficaces en su comunicación diaria. Lo mismo que los padres de un niño con sordera aprenden a modificar su forma de hablar y de interactuar con él, los padres de un niño o de una niña con TEL o con TEA necesitan aprender a ajustar su forma de escuchar y de hablar a las características de su hijo o hija. No dejan de ser padres, se convierten en mejores comunicadores.
 
A lo largo de nuestra vida continuamos aprendiendo y desarrollando nuestras habilidades, entonces ¿cuándo se termina una terapia? ¿Cuándo y cómo se decide que la terapia ya no es necesaria?
En algunos casos, se consigue la normalización de los parámetros cuantitativos y cualitativos que usamos para evaluar el lenguaje. En esos casos, es fácil determinar el fin de una terapia; en otros casos, la normalización no es posible entonces el límite es la propia ambición del niño (ya no tan niño) y de su familia.
En realidad, intervienen a menudo otros factores mucho más materiales (disponibilidad de tiempo, ausencia de un profesor de audición y lenguaje en un centro de secundaria, limitaciones económicas, listas de espera…). En algunos casos de mayor severidad, se puede llegar a un techo evolutivo y la ausencia de progresos objetivos al cabo de un cierto tiempo aconseja dedicar ese tiempo a otros aprendizajes probablemente más útiles.
 
Andrea Villarino Rúa
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